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Quereis más sangre

España es un país de emociones. De fuertes contrastes. De odios furibundos. Ayer se sabía que esto pasaría. Ayer todos preparaban su diatriba contra la monarquía, la independencia judicial, la falta de justicia, etc.

Cualquier sentencia que no condenara a Iñaki Urdangarín a 20 años de cárcel, y a Doña Cristina de Borbón a cualquier número de años que equivaliese a la entrada en la cárcel, sería injusta y, los que más, dirían que el Rey la ha “revisado” y los que menos, que este país necesita una república.

Da igual que tengamos cinco años de instrucción o miles y miles de folios que ninguno de los opinadores profesionales ha leído. La pena pública de Twitter había sido dictada, y el resto lo apuntaló la prensa “libre”.

En el fondo, muchos de los que quieren ver cabezas rodar serían felices viendo entrar a Florentino Pérez en la cárcel, o a Bartomeu, por poner dos ejemplos de cargos no políticos, pero odiados por las hinchadas.

Podríamos incluso ver personas que serían felices si entrara en la cárcel el presidente de la CEOE, o el líder de Comisiones Obreras.

¿Por qué? Dan igual los hechos cometidos, la calificación judicial, la defensa, las pruebas. Todo da igual. Lo que quieren es sangre. Esta sentencia  no da la suficiente sangre, y sobre todo, no mete en la cárcel a la Infanta.

No os engañéis. Si tuviéramos una República, también dirían lo mismo de la hija del Presidente, porque seguro, segurísimo, se habría beneficiado de su cargo. Porque, en el fondo, todos haríamos lo mismo ¿Todos? Bueno, quizá todos no, pero casi. Y la excusa de “le habríamos votado, no sería hereditario” no sirve, porque suelen ser estos los que no reconocen la legitimidad del Presidente del Gobierno, que se supone hemos votado.

En el fondo, la democracia solo le sirve a la inmensa mayoría cuando ganan los suyos. Si no, mirad el ejemplo Trump, Brexit o Rajoy. En el momento que esto pasa, la respuesta es:”Los americanos/ingleses/españoles son gilipollas. Tienen lo que se merecen”. Eso no me suena muy demócrata.

PD: la Constitución americana que se intenta hacer valer para frenar a Trump no la votó ningún americano vivo. Por si venís con el cuento de que la Constitución Española de 1978 no la votamos.

Europa en la encrucijada

 

Hace 72 años los líderes de Gran Bretaña, Estados Unidos de América y la extinta Unión Soviética se repartían el pastel continental europeo. Los salvadores de Europa la dividieron para tenerla bajo sus intereses particulares, con el pretexto de la derrota de la Alemania del Tercer Reich.

La Europa continental, desangrada durante siglos por guerras europeas, era la víctima perfecta para satisfacer sus pretensiones.

Por un lado, la URSS consiguió el control práctico de todos los países del que luego se denominaría el Telón de Acero, una suerte de muralla internacional que, al final, salvaguardaba la integridad de la Madre Patria rusa. Al fin y al cabo, todas las invasiones de Rusia siempre venían por el mismo lado , el Occidental (salvo algunas excepciones en el lado asiático), y era necesario para su seguridad que estos países funcionaran como tapón ante cualquier posible agresión.

Por su parte, Estados Unidos se convertía en la primera potencia mundial capitalista, y necesitaba mercados de los que nutrirse y establecer su influencia. Su lucha contra la otra gran potencia implicaba tener los mismos estados-tapón (una Alemania débil, una Francia perdiendo sus colonias…), y para ello era necesario proteger sus nuevos dominios europeos, invadidos culturalmente y militarmente mediante bases a cambio de protección. El Plan Marshall y la creación de la OTAN aseguraban la dependencia total de Europa respecto a Estados Unidos. Al fin y al cabo, habían destruido el único ejército capaz de hacer frente a las amenazas exteriores. Francia, o Gran Bretaña no eran sino la sombra de su pasado.

Gran Bretaña, siempre en su isla, tenía problemas mayores al perder paulatinamente su imperio colonial. Su influencia quedaba reducida a la nada, y miraba a Estados Unidos como el padre que ve a su hijo crecer y ser más fuerte que ellos mismos. Europa no significaba nada para ellos, ni siquiera como mercado.

Y entonces nació la Unión Europea, tras múltiples nombres y acuerdos comerciales. Pero mientras que lo que define a Estados Unidos, a Rusia o a Gran Bretaña es su propia identidad, la Unión Europea no tiene identidad  ni proyecto común.

Hoy, como hace 72 años, la misma Europa débil, dependiente, burocratizada, mira asombrada y asustada como vuelve a ser utilizada en el tablero geopolítico, sin apenas influencia, sin que su peso valga nada. Alemania, tras resurgir de sus cenizas y escombros, no quiere ser líder, aunque de facto lo sea, y sufre las consecuencias de una política migratoria que puede recuperar el odio racial en Europa. Sufre el estigma de una guerra mundial con crímenes que dejaron cicatriz. Las pocas veces que Alemania, único país capaz de liderar Europa, habla de poder, de fuerza o de plantar cara, las voces de Estados Unidos y Gran Bretaña les recuerdan su pasado más reciente. Por el contrario, al aplicar la desastrosa política que ha inundado el país de refugiados, la debilidad es total, vaciando de contenido, de tradición y de esencias a la propia nación.

Los tres de Yalta están haciendo de Europa, una vez más, su tablero de juego. Tal vez sea la hora de que Berlín, París, Roma y Madrid, entre otros, dejen a un lado la mediocridad y la burocracia de la Unión Europea y planten cara. Pero para eso, los ciudadanos europeos deben sacrificar su bienestar presente para conseguir una posición que garantice el bienestar futuro.